sábado, 2 de marzo de 2013

EDITORIAL DEL 3ER NÚMERO DE LA REVISTA LETRASÉRTICA


EDITORIAL O TESTIMONIO DE PARTE


¿Es razonable publicar una revista literaria en condiciones absolutamente desfavorables? La respuesta huelga. Si lo hacemos es -quizás, en parte- por mero ejercicio lúdico y hasta por cierta insana tendencia al autoescarnio. ¿Puede alguien tomarse en serio esto de la literatura? Todo se reduce al gozo, señores. Seamos sinceros, el libro es un arte(facto) de entretenimiento que cumple su  finalidad tanto como el licor, la música, las drogas o el sexo, sólo que contiene cierto grado de refinamiento que a uno le permite presumir de “intelectual”. Es verdad de Perogrullo que no porque uno lea más que el resto y tenga una biblioteca atiborrada de obras selectas, sea mejor persona, en el sentido moral. Pueblos ágrafos como el andino supieron elevarse a categoría ética que hoy nos causan asombro. “El pueblo está embrutecido porque no lee” dicen los sabihondos, ¿el pueblo no lee o estos farfulleros no saben leer la realidad? Hoy se lee más que nunca, ilustres doctoretes. Lee a diario el niño y el adolescente que va a los videojuegos. Leen los jóvenes twitteando en su blackberry o exhibiéndose por facebook; para éstos y miles de adultos con un mínimo de instrucción las redes sociales son la plataforma alternativa por excelencia, ni qué se diga del fenómeno internet donde se ha concentrado el conocimiento
universal y está al alcance de todos. Hasta los sectores más pauperizados se alimentan de la televisión y el periódico chicha que la gran prensa distribuye a granel. Sumado a esto la acción benéfica de la piratería que permite abaratar el costo de los libros. “Democratización de la cultura” le llaman, fenómeno demonizado por nuestra sagrada “intelligentzia”, hace no mucho Marco Aurelio Denegri puso el grito en el cielo: “Es que por estos medios la información viaja con mucha prisa, nada se retiene”, es cierto, pero ¿qué le vamos a hacer, acaso
cambiar el curso de la historia? Nos guste o no, esa es la realidad. El viejo concepto de “élite” ha sido pulverizado por el “demos”. ¿Será la inundación de los bárbaros anunciada por González Prada?

Tampoco se lea esta declaración como una apología al hedonismo elevado a la n potencia. No somos tan ingenuos. Creemos, como axiomatizara Oscar Wilde, que si hay una regla para medir el valor de una obra literaria, ésta debe ser dada exclusivamente por sus cualidades estéticas. Por tanto, nos tiene sin cuidado la temática de tal o cual texto; esto se hace plenamente verificable por el contenido de estas páginas donde confluyen, como en un mural de arte híbrido, los más variados matices; y obviamente no somos localistas, en este amplio collage de voces caben artistas de todas las procedencias, los de aquende y los de allende, todos hermanados por un vínculo generacional. Lo que sí, no es propósito nuestro convertirnos en tribuna de manifestaciones con tufillo político, sean éstas comunistas, fascistas, indigenistas, nacionalistas o feministas, que hay espacio para ellas en otras tiendas.

Y es evidente que publicamos esta revista, aparte del goce, por la sencilla razón de que en Tacna carecemos de una, lo que es entendible a sabiendas que la escena literaria en nuestra ciudad es paupérrima, por decir lo menos; y es que somos un pueblo horro de tradición literaria que no sea la que consagra el patrioterismo de banderita y escarapela, esa que se alimenta del odio a Chile, de exaltar con hipérbole el heroísmo de la mujer tacneña, la resistencia durante el cautiverio, el picante, la buganvilla, el techo mojinete, el río Caplina, la pileta y
la catedral. Patriotismo muy respetable, por cierto, pero que ha sido y es camisa de fuerza que nos tiene postrados literariamente en comparación con ciudades como Arequipa, Puno o Cusco (sólo para hablar del sur peruano) en las que sí es notoria la influencia de una verdadera tradición. Tan exigua es nuestra tradición tacneñista, que ha soslayado olímpicamente su herencia andina, casi nada se ha escrito de esa otra Tacna, la encubierta. Así y todo, hay quienes continúan repitiendo ese gastado estribillo “Tacna, tierra de poetas”; apenas podemos exhibir con menguado orgullo, y no sin beneficio de inventario, el legado de la “Bohemia Tacneña” de fines del siglo XIX y los trabajos de la generación de poetas del 70 del siglo pasado. En poesía dos o tres nombres de valía, en narrativa simplemente heredamos raquitismo. Es recién en estos últimos años que se viene forjando un atisbo en las obras de Torres Gárate y Gabriela Caballero en narrativa, a los que se suman Mario Carazas y Luis Chambilla en poesía, siguiendo la estela de los Velapatiño, Cancino y Fernández de Córdova, en ellos es posible hallar cierta inquietud que tiende a conformar un movimiento, y aunque deflagre al cabo de algún tiempo, su labor se verá cumplida en los retoños, estos muchachos que emprenden osada aventura, los Alberto Ninaski, Raúl Miranda, Yhan Coronel y otros; en ellos se deposita el porvenir de nuestra literatura. “¡Parricidas!”, dirán algunos, ¿cómo serlo si el erial apenas produce uno que otro grano de valor desigual? Por eso, nos vemos obligados a labrar el surco en pleno arenal, sembrando letras en el desierto y a fuerza de batallar contra el statu quo, acometemos la tarea de irrigar el suelo polvoriento donde hunde su hocico la medianía intelectual. Parafraseando al poeta Atahualpa Rodríguez: queremos remozar la escena quitándole las legañas que una forzada senectud le ha hecho filtrar sobre sus ojos provincianos. Ciertamente, nuestra actitud no es la del gallinazo que se posa sobre la catedral, traga restos de palomas que yacen muertas, se relame orondo, deposita sus necesidades en la cruz y se larga, mientras las beatas se persignan, el cura maldice a la horrenda criatura y las gentes elevan una oración. Espíritus perspicaces pueden deducir que hemos trocado la estantería repleta de libros mediocres por la cruz donde el gallinazo excreta, y no es así; respetamos esa anémica tradición que nos inspira un sentimiento afectivo del mismo modo que un enfermo de leucemia conmueve a la caridad cristiana. Visto el diagnóstico, se hace perentorio decir con Vallejo: hermanos, hay muchísimo que hacer. (…)

LETRASÉRTICA

miércoles, 27 de febrero de 2013

IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN DE "HISTERIAS COLECTIVAS"

      "Histerias Colectivas", es una muestra de la nueva narrativa tacneña. La integran los miembros del grupo Letrasértica: Miler Huanca, Enrique Cuautli, Richard Navarro, Raúl Miranda y Juan Quispe Machaca. El libro se presentó al público en general, al aire libre, en la plaza Colón. Se vendió al simbólico precio de s/. 1.00 (un nuevo sol). He aquí las imágenes respectivas.




 

(Muestra de la revista Letrasértica VI, Histerias Colectivas, y Poéticas del desierto)








(Colectivo Letrasértica)



Luis Céline (poemas)


      LUIS CÈLINE (Tacna, 1989).- Poeta. Estudiante de Gastronomía. Ha publicado parte de su obra poética en la revista Letrasértica. En la actualidad trabaja en la edición de un poemario.


***NADIA***

I

En el color amarillo de un acónito
cultivado en mi pupila:
su mirada,
un áureo floripondio de mil campanas fúnebres
se clava


II

Dicen que su tiempo es inexacto y que su sombra no cubre el río
sino el río cubre los espacios dejados de lado por su presencia imperecedera
en este desnudo y eternamente erecto cerebro de dildo suicida
de joya ridícula
robada por un sodomita ladrón de fálicas reliquias.
III

ESE
honesto hombre                  ese yo que se colgó
cinco metros de poesía y cuerda en el hipotálamo
fuera del alma
y fuera de todo universo.
Que no tiene pies
sino avenidas atiborradas de camiones salvajes

se volvió
escarabajo de las palabras
que no son mías
sino las del deseo de perderme en Nadia.


IV

Motocicleta con bucles, Nadia.
Pensamientos de los colores de la música que tañen el abrir y cerrar de las braguetas
de narcisos    rijosos                        y          filósofos solipsistas del black metal,
Nadia.
Reunión de gourmets y catadores
de mierdas y orines
en el páramo de las cadenas de rockeros y punketos
borrachos
por el
doloroso infierno de la vida en espera del más allá:
Nada
Nadia, ese hongo alucinógeno que se saltea se sirve en plato de hierba para engordar la ingente
barriga de la religión budista y no budista, caótica y no católica, beoda y no aeda.


V

A Nadia se la comen cruda
en un jardín que se pierde en mis anhelos.
Las flores la penetran con sus pistilos lubricados de armonía y gozo
a través de sus pupilas góticas
mientras el viento jadea de tanto onanismo involuntario
en ese jardín que se pierde
cuando ella se viste o cuando uno se distrae a observar
a los hijoeputas poetas que la acosan solapados
debajo de una piedra
escribiendo en sus pupilas los cadenciosos movimientos de sus pechos
-los oníricos labios de la lascivia morenaal
sacudir las caderas en el llano aspaviento de pasión


VI

NADIA
Nadia claro que sé escribir
tu nombre

N
   A
      D
          I
            A
tu nombre

Si practico en mis sueños la masturbación
con las letras
N-A-D-I-A
Nadia. Nadia buena y nada mala.

Juan Quispe Machaca (cuentos)


          JUAN QUISPE MACHACA.- Estudiante de Sociales. Narrador autodidacta. Ha publicado cuentos en la revista Letrasértica. Ha publicado un libro de cuentos titulado Mala Hierba (Khorekhenkhe, 2012). Forma parte de la antología de nueva narrativa tacneña Histerias Colectivas (Khorekhenkhe, 2013). En la actualidad trabaja en su segundo libro de cuentos.


MI QUINTA MONEDA

Hay una muchedumbre siempre bulliciosa que mantiene sepultado “la esquina dolores”. Es imposible no detenerse en aquel triángulo de surtidas bodegas, o por lo menos eso me sucede a mí, por eso le fui tomando un gusto peligroso a detener el mundo en su vereda y por unos segundos asomar el cuerpo a la intemperie con la sola intención de joderme el alma en el bramido de los motores de la ciudad.
Nadie seguramente sabe de la existencia de “la esquina dolores”, a pesar de que es paso obligado de media ciudad.  Todos los buses pasan por ella, y se arrastran  para coger y llevarte al mismo sitio de donde saliste. Hoy no quiero ir a ninguna parte, tengo cinco monedas en el bolsillo, y una estupenda excusa para quedarme en “la esquina dolores”. Las bodegas que dan a “la esquina dolores”, son pequeñas tiendas donde se ofrecen de las más variadas baratijas, la gente compra con desenfreno y no me queda otra opción que unirme al entusiasmo fanático de cliente feliz, aunque sólo tengo cinco monedas de esas que no valen nada; digo: “mejor un buen plato de lentejas y luego si me sobra, recién puedo pensar en la baratijas” mientras voy planeando en qué gastar mis cinco monedas. Me pongo a caminar de lo más decente posible ¿Qué se puede conseguir con cinco monedas? Algo que no valga nada, “pero hay muchas cosas para alguien que sonríe” me dijeron alguna vez, “sólo tienes que levantar la mirada y caminar derecho, y olvídate ese paso de  Cantinflas.” “Hasta puede que valga mucho si persuades tus temores, saques el peine del bolsillo y te lo pases por la cabeza. Todo puede suceder, sólo sonríe como todos”, me digo.
Sorteando a la gente y alejado a media cuadra está el mercado más cerca. La puerta es un hervidero aún mayor, los rostros risueños me contagian de optimismo. En la estrada, una camada de mendigos con las manos tendidas, me hace un recibimiento colorido; todos piden una moneda obligando a las almas con exceso de caridad depositar las sobras de su opulencia  en los “botecitos” que tienen. Yo no tengo exceso de caridad, sólo quiero comer un plato de lentejas. “Una monedita que le va ir bien”, me dice uno que tiene los ojos perdidos en el fango lechoso de la ceguera y yo, conmovido por aquello, sin dudarlo le doy una de mis cinco monedas. “El desprendimiento hace bien, joven”, me  dice una mujer que también acaba de echar dos monedas  en el recipiente del mendigo.
Apuro el paso hacia el interior del mercado y no puedo deshacerme de aquellas suplicantes voces. Algunos tenían un acento de autoridad; unos más sumisos, alguno que otro silencioso pero aquel al que le di mi quinta moneda tenía una disciplina y un aspecto más dramático para los pedidos que estoy seguro convencerían hasta el menos caritativo. Ya en el interior unas jovencitas me asaltan con sus ofrecimientos, las respondo con amabilidad a todas: “quiero saber qué venden y todos me dicen que venden menú, yo sólo quiero lentejas”, y todas dicen que tienen, pero la que me tomó del brazo con la delicadeza de una amante me convenció para llevarme a su puesto de comidas. Antes de sentarme le pregunté el precio, ella me dijo que valía cuatro monedas de esas que no valen nada, entonces le pedí que me sirviera. Mientras espero el pedido alguien me toma  de los hombros y pregunta: “me puede ayudar a sentarme?”,  con mucha prestancia me ofrezco a ayudarle, “me puede coger el bastón?” me vuelve a preguntar, a lo que digo “sí hombre, faltaba más. Siéntese tranquilo que yo me encargo de acomodar su bastón.” Su aspecto era de un hombre no menor de cincuenta años, traía unos lentes oscuros para cubrir ese motivo que no le permitía ver. Presumí de una ceguera u otra enfermedad peor. Tal vez la misma enfermedad del hombre al que le di mi quinta moneda, al fin y al cabo una ayuda siempre es gratificante.  “Uno se siente tan bien cuando realiza una buena acción”, me decía la maestra de la primaria. En ese momento lo que más me complacía era no tener  que preocuparme por un extraño sentado en mi mesa, no estaré al tanto de mis movimientos, y él no se incomodará de mi presencia,  no estará al acecho de mis deficiencias,  y lo mejor, no tendré que tramar una conversación para justificar las circunstancias. 
La muchacha puso el plato de lentejas en la mesa y le pidió al hombre su pedido, “cuánto vale el menú?”, inquirió éste, “cuatro monedas señor” respondió la muchacha. “Tráigame cualquiera  pero póngale como siempre un huevo frito encima y no se olvide la gaseosa personal como debe ser”. Refiriéndose a mí, me dijo: “joven, usted es joven no? Perdona si me estoy equivocando”, ante mi tímida respuesta y luego de un silencio agregó “uno tiene que darse sus gustitos que para eso trabaja”, y diciendo esto se sacó los lentes. En ese momento perdí el apetito por el impacto de aquellos mismos ojos lechosos y por el precio de mi caridad.
“La esquina dolores” es mi refugio, me pararé a un metro del poste del semáforo e intentaré recordar quién fue el hijo de puta que me enseñó la caridad.

Miler Huanca (Cuentos)


             MILER HUANCA.- Escritor. Estudiante de Letras. Parte de su obra se ha publicado en la revista Letrasértica. En el 2012 publicó una plaquette titulada Rigor Mortis. Forma parte de la antología de la nueva narrativa tacneña Histerias Colectivas (Khorekhenkhe, 2013). Prepara un libro de cuentos.


APARECEN CUANDO NO ESTÁS MIRANDO


Hay pequeños bichos que caminan alrededor mío. Aparecen cuando mi vista está centrada con atención en algún objeto, me distraigo un instante para verlos y en seguida han dejado de moverse, se han transformado en alguna mancha sobre la pared o en un pequeño papel arrojado en el piso o simplemente son ahora parte de otro objeto, un botón de una camisa, una letra en un calendario, el agujero del interruptor de corriente, la hilera de mis zapatos o el envoltorio de una galleta.
Estoy viendo cosas donde no las hay, eso he pensado, mejor dicho, en este caso, bichos donde no los hay. Empiezo a dudar también si lo bichos que he visto anoche son también producto de mi imaginación o eran reales, una mariposita de esas que aparecen de noche atraídas por la luz, hormigas, muchas de ellas, pero eso parece tan común, y unos pequeños insectos semejantes a diminutas cucarachas; maté una que subía por la pared, al lado de donde estaba sentado leyendo un libro.
Luego, más tarde, algo ha caído en mi rostro, me lo quité batiendo las manos torpemente sobre la cara, ha caído dentro de mi camisa, lo sentí caminar por mi pecho, en el vientre, me incomodaban aquellas patitas o alas o lo que fuera, pues aún no sabía qué clase de insecto era al que me enfrentaba, cuando retiré mi mano del interior de la camisa, el insecto estaba sobre mis dedos, ¿el mismo que maté en la pared y cayó al piso?, si fue el mismo, pues lo volví a matar. No se iba de mi mente ese pensamiento, es el mismo insecto de hace rato. Tal vez ningún insecto, puesto que nunca me aseguré de mirar, de buscar sus cadáveres en el piso, después de que los maté. No busqué al primero que maté porque no tenía importancia, no busqué al primero después de matar al segundo, porque creí que era el mismo, no busqué al segundo que maté porque de ser el mismo del principio… no, los insectos no reviven; y no busqué, después de pensarlo tanto, ninguno de los dos cadáveres porque tuve miedo de no encontrar ninguno, y no porque temiera al hecho de que hayan podido volver a la vida y haberse escapado, sino que me perturbaba la idea de que al igual que los anteriores insectos imaginarios, que sólo veía y no sentía, estos últimos, los que maté, tampoco existían, pese a que los había sentido con la mano.


Enrique Cuautli (cuentos)


          ENRIQUE CUAUTLI (Tacna, 1991).- Escritor. Estudiante de Sociales. Parte de sus cuentos se han publicado en la revista Letrasértica. Forma parte de la antología de la nueva narrativa tacneña Histerias Colectivas (Khorekhenkhe, 2013). En la actualidad trabaja en un libro de cuentos.



VENGO CON ÉL


 “Causita, tendría tu edad”, me reiteraste con voz ya quebrantada, excusando esa mirada de pendejo, tan viva y profunda para luego clavarla fijamente en el último vaso de ron que tenías ya bien servido en la mano mientras con la otra estrujabas el recipiente vacío como para hacer estallar en mil pedazos ese recuerdo que aún se encontraba ahí, en ese vaso que no se podía beber como cualquier trago. Sólo atinaste a secarlo de un solo sorbo para voltearlo vehemente sobre la mesa de cedro puro y áspero. Vaso y botella quedaron vacíos, mas no los recuerdos de antaño que emergieron ese día producto de la tranca. Lo que el trago hizo aquél día, ahora es un milagro.
Aquél verano pasado coincidimos en un trabajito temporal en las playas de la Viña del Var, al noroeste de Santiago de Chile. Contrariamente a lo que suele suceder entre un cocinero y su ayudante, nos hicimos hermanos, causitas, chocheras... Bronca con los rotos, boliches o con los gauchos, entre peruchos nunca jamás, eso era ley, al menos donde trabajábamos nosotros; ni la cajerita chilena, ni esa pendeja nos pudo distanciar cuando los dos plantamos los ojos sobre ella; la mina no se quedó con ninguno de los dos: al fin y al cabo, terminó quedándose con ese boliche de mierda que hasta ahora no capto qué le habrá visto.
Los días en las playas de Viña del Mar pasaron entre sol, las olas, la arena, los conciertos nocturnos infaltables, el desfile de las gaviotas, los mariscos y los ceviches bien chilenizados a lo peruano. En sí, no hubo pena ni gloria, sólo el último día antes de que el contrato expire y la PDI nos cache por ilegales, nos fuimos a un barcito para despedirnos a lo peruano, cómo olvidarlo sí fue una despedida bien a lo nuestro: entre tragos, lágrimas y recuerdos. El futuro era incierto, eso de ser causitas ya sólo quedaría en los recuerdos de los buenos momentos que pasamos en esas playas del país sureño. Tú te quedarías en un restaurante peruano allá en Antofagasta (es lo bueno de ser un cocinero peruano, profesional y reconocido en todo Chile), y yo me regresaría a Moquegua para descansar por unos días en la casa de mis padres para luego embarcarme a Lima y así completar mis estudios de bartender en GOURMET BAR.
Prometí regresar en el verano siguiente apenas terminada la carrera, pero el trabajar juntos, otra vez, ya quedó como un hecho consumado. Y sí que pasamos buenos momentos allá, pero más recuerdo ese último día en el bar, cuando entre copas hablamos un poco de todo, mientras la noche como nunca avanzaba sigilosamente con el murmullo de las olas estrellándose pacíficamente entre arenas y rocas, con las estrellas espiándonos desde la inmensidad y el sonido de los ensayos de una orquesta de salsa que se oía apenas, mientras en el bar, en ese antrito, el grupo “Los Maravillosos” de Tacna sonaba en dos parlantitos a full volumen.
Después de todo, la estadía en las playas del sur no podía ser mejor ni peor; peor, porque allá no nos encontrábamos de vacaciones ni nada por el estilo, sino por motivos exclusivamente de trabajo y teníamos que sacarnos la mugre por tres meses completos como decía el contrato; mejor, porque son pocos los afortunados en trabajar en zonas tan exclusivas como Viña del Mar, ganar buenos billetes y por lo menos sentir tan cerca a las estrellas mundiales de la música en la semana de nominaciones a los premios. Experiencias inolvidables con las minas, broncas infaltables con los cabritos culeaos, boliches o gauchos de nuestra misma calaña, anécdotas por doquier con los veraneantes que degustaban en la cevichería “La Caleta”, ¡qué vida después de todo!
Sin embargo, nos jodía nos jode trabajar afuera, aunque se gane bien, aunque aprendes nuevos modales, nuevos dejos, costumbres diferentes… aunque afuera te sientes más peruano que nunca, no es lo mismo. Jode el no poder servir a tu patria, el estar en un país extraño sacándote la mierda por falta de oportunidades en el nuestro. Jode el no estar con la familia, con los amigos y demás parientes.
En el bar, a medida que avanzamos con las copas, carcajadas, reflexiones, gritos eufóricos, gritos lacrimosos, lamentos, llantos recuerdos... Los recuerdos de los amigos de infancia, la familia, allá en Tacna los tuyos y en Moquegua los míos, los recuerdos de la niñez, ¡sí eso!, los recuerdos de la niñez siempre son dramáticos, de unos más que de otros, los tuyos más que los míos. Te quebraste al recordar tu infancia, luego huyó de tu rostro esa mirada presumida tan característica, con el recuerdo específico en la mente agarraste la botella, la vaciaste y el ron te lo tomaste de un solo sorbo, intentaste romper la botella, lloraste:
“Espero que sea como yo, un pendejazo con las minas, en el estudio, en la pega y con la vida misma también. Mi mamá desde aquél día se enfermó, pero siempre lo recuerda y a veces cuando yo llego a casa de vacaciones, después de estar tiempo afuera, ella me ve, me abraza y llora, llora porque cree que soy él quien por fin ha vuelto a casa, llora porque me parezco tanto a él me dice, dice que éramos tan iguales, él un poquito más blanquiñoso nada más, pero en el resto éramos como dos gotas de agua de un mismo caño. Mierda, nunca lo voy a olvidar causita, cojuda también mi vieja por parte, ¿cómo los va a dejar encargado a un chibolo de siete años?, cierto, siete años tenía yo cuando pasó la cosa. Más o menos lo recuerdo, había un compartir o algo así en el complejo deportivo del barrio donde vivíamos antes, en la calle Freyre detrás de la Plaza de la Bandera en Para Chico. Te cuento pues: mamá me dejó encargado a mis dos hermanitos, Carla y él, Richard se llamaba, ¡joder, así se llama! Siempre hablo de él como si estuviera muerto, mierda... Mamá fue a jugar vóley, después de sentarnos bien juntitos en el parque, ahí cerquita nomas, cómo o para qué miércoles me habré movido de ahí pues, no recuerdo muy bien, sólo que al final de la partida de vóley, ya casi al atardecer, mamá lloraba desconsoladamente. Se habían perdido los dos, causita… y fue mi culpa, todo; alguien se los había llevado, yo los había fregado. A Carla la encontramos después de dos meses en una guardería que quedaba por el centro y al otro nada, hasta ahorita, por eso te digo que tendría tu edad causita, tiene tu edad. Mamá dice que está vivo, no sé cómo lo sabe pero está vivo dice, lo presiente, el instinto de madre supongo, yo no sé, en algún lugar del mundo, cómo y con quién estará, estará trabajando o estudiando o vagando, pasando la vida como rico o sacándose la mierda para sobrevivir, yo no sé causita, no sé, pero eso sí, te lo puedo asegurar que en algún lugar del planeta debe estar jodiendo a todo el mundo, debe ser tan o más fregado que yo, ¿bien jodido soy, cierto? Ahh jajaja, ¡así debe ser él!, estoy seguro, eso de ser pendejazo lo llevamos en la sangre los Barrazueta”.
Sí pues causita, yo no sé cómo miércoles pero tiene el mismo peinado de Neymar que tú llevas, dos pendientes de marica como los tuyos, tus ojos despabilados, tu contextura, y hasta parece más jodido que tú, ahora que justo por esas casualidades de la vida que nunca entenderé se sienta a mi lado y está empezando a joder a la flaquita del asiento posterior. El bus está ya casi listo para partir hacia la ciudad heroica. ¿Dónde estarás? Vengo con él.

Richard Navarro (cuentos)


         RICHARD NAVARRO (Puno 1993).- Escritor. Actualmente cursa estudios en la carrera de Letras. Ha publicado poemas bajo el título de Miscelánea del Tiempo (2009). Parte de su obra narrativa está publicada en la revista Letrasértica. Forma parte de la antología “Histerias colectivas” (Khorekhenkhe, 2013).



NOVIEMBRE 22


Noviembre 22, 00:00 a.m., las hojas del otoño se tiñen color esperanza. Habitación 2-A, cama N° 5, cuarto piso, pabellón de psiquiatría. Escucho los quejidos del pasadizo sólo cuando el silencio me invade y rapto soledades para alimentar mi niebla. Por eso en cada escalera escribo las grafías de mi nombre, ellos no lo ven, excepto mi enfermera.
06:00 a.m., todos se asean, menos yo; la razón es simple: lo hice mientras ustedes dormían. ¿Dormir?, nunca lo hice. ¿Y en tu niñez, tu adolescencia?Jamás, soy singular. Habito en mentes, estuve siempre en cama con los ojos fijados en cada movimiento psicofísico. La realidad es compleja y por naturaleza lo son ustedes, casi como este desayuno que me saluda.
08:00 a.m., el tiempo y el espacio me concibieron en matrimonio y aquel maldito reloj, producto humano, no hace más que mentir a sus progenitores. Así, los médicos no hacen más que cumplir su labor para disimular la desgracia pública de la salud; recetan medicinas que ni en su propia institución venden. Llevo más de cinco años escuchando la misma lista, el mismo apellido y hasta la misma postura. Déjense de vandalismos, dejen que nuevos médicos entiendan mi situación. Pasado mañana volverán, mientras el hambre come otro apetito; y así descaradamente esta apetencia engulle la mía.
Recuerdo el porqué de mi situación, todo era maravilloso, había logrado la cristalidad. Me movía entre banderas y pañuelos blancos; había ganado la guerra; me ascendieron de grado y llegué a ser el jefe. Pasó el tiempo y vi que sentado, mirar y mandar y sólo firmar papeles no era más que una obesidad que poblaba mi nuevo estado. Así que me retiré y me fui al campo, la naturaleza, nuevo ambiente, conocí el amor, tuve familia. Trabajé duro y volvió la guerra, la misma situación. Cada vez era la misma, vivía en círculo, ésta se hacía eterna y eterna. No envejecía. Estoy ya hace siglos y seguro que aquí en unas horas escucharé bombardeos extranjeros, porque como hoy siempre gané la guerra. Así que será en vano que haya tal conflicto y es que de un crujir ahuyentaré a todos ellos y los convertiré en polvo, porque de polvo se hicieron.
A esta hora solía cuando era adolescente tramar un suicidio; por eso tengo el recuerdo vivo y no hago más que volver en mis lágrimas; cuánto daño hice, cuánto dolor causé, cuántas ambulancias me transfirieron del nosocomio y es que nunca morí; soy eterno, cualquier acto no acabará conmigo. Sólo alguien puede cegar mi pupila, a ella la veo cantar en cada noche cuando todos duermen, con los ojos, uno al otro compartimos nuestro lecho. Y es que ella siempre salvó mi vida, en cada operación, en cada embalsamiento estuvo presente.
10:30 a.m., nadie viene a mi lado, es la hora de visita; vestidos unos de pollera otros de pantalón, charlan unas horas. Absorto y claro, escucho su pensamiento, de algunos son puros, de otros impuros. Inmóvil, atracado en el catre, espero la noche.
13:00 p.m., todos almuerzan, para mí nadie trae nada, ¿será porque tienen miedo?, yo los saludo a todos cada día, ellos pasan desapercibidos sobre mi cabecera. Son humanos.
17:00 p.m., la cena vuelve para atizar el hambre. No como hace más de cientos de años, basta la respiración y aquel saludo nocturno de mi enfermera que ansioso espero.
22:00 p.m., vuelven los médicos internos, junto a ellos, al fin llega mi compañera; ella es la única que con un guiño en su mirada sosiega mi cuerpo, viste de ángel; su canto es purificador, el pasadizo se llena de orquesta y mi nombre empieza a lucir mostrando las antorchas sembradas por los años.
Esto no me agrada; por primera vez aquella balada es fúnebre, ¿De quién será la despedida?.Echa alaridos, se posa en medio de mi habitación, realiza el culto y con ademán se lanza sobre mi cuerpo; ambos cenamos nuestros cuerpos. El pasadizo retoma el bullicio de los internos, las farolas arden hasta que nosotros tendidos sobre la sábana nos hacemos polvo y este mi crujir sólo pronuncia la palabra: vi...da.